jueves, 2 de julio de 2009

Cuatro

Mi madre siempre remataba toda discusión conmigo con una certera frase, "Lo vas a entender cuando crezcas".
Le sirvió muchos años, porque yo tardé bastante en crecer, en todos los sentidos: tarde se me fue la inocencia, tarde aprendí cierta autonomía, tarde pegué el estirón y tarde, tardísimo, supe que mi madre no siempre tenía razón. En este caso, por ejemplo, estoy casi segura de que crecer y entender son dos cosas que no van siempre de la mano. Porque juro que crecí y aún no entiendo. Aún hay tanto que no entiendo...
Esto debiera contar, pero me cuesta. Hablar de muertes en un diván me da la sensación de estar profanando algún templo o tocando con manos sucias algún objeto valiosísimo del comedor de mi abuela. Además de trillado, me suena irrespetuoso, con el muerto y con el dolor mismo que queda en los vivos.
Mientras yo cuento, con el corazón en la mano, cómo se torció mi vida un día cualquiera, él anota algún término sacado de alguno de los siete tomos de Freud (en el mejor de los casos) o hace dibujitos sugerentes en los márgenes de la hoja (en el peor). A eso me expongo, yo y mis dolores, mis dolores y yo, el burro por delante. Me expongo a ver si me lleva a alguna parte y dejo ya de pensar que hay días que rompen algo sin arreglo, aunque sea una pequeña pieza, un engranaje chiquito que entorpece, él solo, todo el mecanismo mayor.
Porque crecí, me hice grande para arriba y por dentro, y pude acostarme tarde y en camas ajenas, y volver a la hora que quisiera, y tomar legalmente y fumar ilegalmente pero sin sentido de travesura, y vivir sola, y manejar. Crecí todo eso pero, con todo, nunca entendí esa forma que tienen las cosas, que tiene la vida, de caer en los huecos más escondidos, los menos esperados.
Nunca entendí porqué murió ese amigo que compartía conmigo los años del secundario, el gusto tan exótico a los quince años del buen jazz, unas vacaciones en la costa, el fumar con sentido de travesura, incontables miradas cómplices, incontenibles confesiones desveladas y un grupito de impresentables amigos comunes.
Nunca entendí porqué eso tuvo que perderse tan de golpe
¿Qué juego era ése en el que no había revancha y, de nuevo, all in? Un juego en que nos quedamos todos tan sin fichas y con la lágrima suspendida como el pierrot más triste de la comedia del arte, con esa estética del derrumbe que tiene la vida.
El desenlace más horrible quedaba al final, abrevadísimo, de un cuento dulce que prometía capítulos de nunca acabar.
Como si el libro se cerrara solo, como si decidiera él mismo deshojarse, recortarse entero, arrancarse la letra y la sustancia de a tirones, página a página. Así se mató mi amigo. Como si hiciera falta tomar la iniciativa y liquidarse de una vez, por miedo a que nada ni nadie se atreviera a hacerlo por él.
No lo entiendo. No lo entiendo y creo que de esa incomprensión se desprenden muchas cosas: cierta dificultad para dormir antes de las dos de la mañana, un pesimismo más o menos constante, el miedo de lo implanificable y el terror de sentir que mi madre se equivocaba y hay claridades que no llegarán ni aún cuando, de tan crecidos, nuestros nietos se sienten en nuestras rodillas a exigirnos verdades.

sábado, 20 de junio de 2009

Tres

Lo vi miles de veces.
Pero la primera vez que lo vi fue algo así como la trigésimo quinta, porque fue entonces cuando me detuve a mirarlo, a estudiarlo, a seguirlo con la vista como hacen los bebés en sus primeros meses, cuando aprenden a enfocar las cosas y la gente.
No sé porqué me llevó tanto mirarlo bien, será que nada en él me llamaba la atención, que no era feo pero tampoco era un tipo cuyo atractivo ameritara parar el tránsito y pedir asueto administrativo sólo para verlo pasar. El caso es que pasó mucho hasta que empecé a mirarlo, a soñarlo cada cierta cantidad de noches (a soñar que lo miraba, sólo que lo miraba), a hablar regularmente de él como si conociera sus mañas, la casa de su infancia o el nombre y la raza de su perro (si es que tuviera uno, claro).
Y después de eso, o durante, me dijeron que me había enamorado. Y yo, de a poco, me lo fui creyendo: el amor era cuestión de convencerse y de creerlo, como Dios, o la Revolución.
Así fue entonces como me enamoré, a partir de miradas y comentarios de amigos vencidos de alcohol un viernes por la noche. Me enamoré de las ganas de estar enamorada y eso de que el tipo que había visto tantas veces (pero nunca tan bien) me pasara a buscar, me llevara a una milonga y me hiciera pensar sólo en las vueltas y los pies, dónde van, para no cagar tan lindo tango. Luego, y como coda, quién te dice, me llevara quizá a su cama, o a alguna otra que pagaría él (aunque yo le ofreciera que lo hiciéramos a medias).
Más tarde, como es siempre necesario, alguien me hizo creer que él también me quería, que se notaba en la forma en que me miraba, que cuando me hablaba cambiaba el tono de voz, que me llamó por mi nombre aún cuando todos me nombraban con el apodo de siempre, que estaba a punto de dejar a la novia (esto también se notaba, en cómo la miraba a ella) y que seguro, aunque él todavía no lo tuviera claro, seguro que, un poco, era por mí.
Ésa era la mía: el amor había golpeado a mi puerta (no sé para qué, ni falta que le hacía, siempre la había tenido abierta de par en par, esperando).

Alguna noche que nadie pudo callarme a tiempo, yo y una botella y media de vino tinto (cabernet suavignon) le dijimos que queríamos estar enamoradas, de él, porque tenía algo, algo que antes no habíamos visto bien pero era justo para nosotras. Y algo del tango. Y algo del sueño de mirarlo y de pagar a medias. Horrible, de esos discursos que incitan al suicidio de la vergüenza y la resaca de la mañana siguiente.
Previsiblemente, el fulano desapareció. Se hizo tragar por la tierra él solito, y a mí me consolaron con otra noche de alcohol, ésta vez en un pedo sereno e introvertido, rozando con el temido pedo-melancólico ese que temen los sobrios encargados de manejar.
La novela se tuerce para el lado de lo fantástico el día que lo cruzo por el centro (yo, sin bolsas para cubrirme la cara), y me sonríe, y se para a saludarme, y me invita a un café, y me cuenta que se peleó de la novia y quedamos en salir esa misma noche. Los amigos sacan la vieja carta del 'ves, yo te dije', volviendo a creer secretamente en sus instintos sobre el corazón humano. Y yo me visto como para la milonga y lo que venga después.
No llega nada después del tango. Pero hay otras noches, por suerte hay otras, y las cosas empiezan a acomodarse y, por usar una frase hecha, a sonreírme la vida, no sé.
Y luego, irremediablemente, lo quiero. Lo quiero tanto que a veces me asusto.
De esos días, de quererlo, me acuerdo que inventábamos apodos para llamarnos, de los juegos y los celos, y el buscar el justo equilibrio entre él y los amigos, entre los suyos y yo. Me acuerdo de conocer a sus viejos y, un poco más tarde (y como a duras penas), él a los míos. De delirar con un viaje en bici al sur, y en carpa, claro, como tiene que ser. De buscarnos las manos en el cine y de que se dormía o nos íbamos antes a hacer algo más interesante. Del olor de su cuello. De cuando no se afeitaba y yo amenazaba con no besarlo más. De querer ir a vivir juntos pero cuándo, pero con qué plata, etc, etc, etc.
Y me acuerdo, siempre me acuerdo, de quererlo tanto que me asustaba.

miércoles, 17 de junio de 2009

Dos


A la tarde, y sobre todo cuando es domingo, me da por escribir. Lo hago de aburrida, si tuviera verdadera vocación lo haría todo el tiempo, con obsesividad y con estudio en donde encerrarme días, a lo Virginia Woolf. Si fuera escritora, tendría todo un poco más resuelto, o al menos me lo haría creer: escribiría que soy otra, despreocupada, nueva, entera. Si escribiese diría cosas que no dije, que no digo nunca, como si dejara saltar resortes que me asustan, que mejor no. Entonces sólo escribo cuando es domingo, y tarde, además.


Ya conté que escribo '¿a modo de diario?', me preguntó. Y creo que contesté que no, que jamás escribí un diario por miedo a que alguien fuera a leerlo y leerme toda. Lo vi anotar algo y supe que estaría registrando algo así como mi 'celoso cuidado de la intimidad' ¡Vaya descubrimiento!, a eso lo sabe hasta mi compañero de laburo cada vez que le echo miradas asesinas cuando lo descubro oteando con la peor expresión de disimulo mis mensajes de texto.
'¿Y entonces qué es lo que escribís?'. Y yo pensé a qué género podría adscribir mis garabatos: 'son narraciones cortas', me re jugué. Pero qué, qué cosas escribís.
Claro, entendí, el contenido, narraciones cortas sobre qué. Depende. A veces digo que me siento mal, que fue largo el día (sin entrar en detalles domésticos). que tuve este sueño o aquél, que me volvió algún recuerdo en particular y lo cuento (a éste sí, con detalles). O explico teorías que me invento para dar fundamento a las cosas que me van pasando y que no sé cómo encarar. No es un diario. Tampoco es algo en concreto. Y no me hace escritora. En todo caso, confirma que tengo desastres en la cabeza y cuestiones a las que necesito dar cuerpo antes de que tomen el mío propio, y me vuelva una especie de caos, de agujero negro, con patas. Explica porqué no me he vuelto loca aún, cómo sobreviví sin terapia y cómo no mandé todo a la mierda después de ocasiones en las que me sobraban los motivos.


Podemos decir, entonces, que sin los domingos, a la tarde, yo estaría completamente perdida. En cambio, hoy, mal que mal, sólo tengo un mapa mal hecho y nadie a quién pedir direcciones.

martes, 16 de junio de 2009

Uno

Cuento que me cuenta un cuento que me adormece. Cuento que me canta del ángel, del niño y la alegría de nacer. Cuento que me encanta oírlo, que me hace bien y crezco tan segura de que me hace bien, de que cuenta y canta siempre la verdad y de que siempre es todo, todo eso, todo él, para mí.
Después, sin razón aparente, rompo a llorar. Es porque sé cómo sigue la historia, el cuento que no me contó ni supe ver venir. Lloro porque conozco el futuro imperfecto: lloraré hasta el hartazgo, gritaré de bronca, diré cosas que no sabré que era capaz de decir, y será todo como nunca me lo esperaba (al menos entonces, cuando los cuentos, los cantos y los encantos). Lloro y se acabó por hoy.
Salgo y tengo ganas de dormir hasta que el sueño me lo borre todo, incluso la canción del ángel y el niño que suena ahora como una alarma disparada torpemente, sin querer. La próxima vez voy a decir menos cosas: al final, me paso la semana despotricando de tener que volver a enterrar lo que llevaba tanto descansando bajo todas esas capas de tierra, de meses y años, qué sé yo, de mucho tiempo ¿Y cuál es la idea entonces? No sé, sufrir seguro que no. No es para vivir con fantasmas que pago esa cantidad, que largo obligaciones y pierdo la vergüenza. No. Así no tiene mucho sentido.
Voy a prepararlo todo para la próxima. Voy a llevar más o menos trazado el speech, quizá hasta haga algunas notas, pequeños memos en varios post-it para no olvidar nada, ni lo por decir ni lo a omitir (sobre todo lo que hay que omitir). Entonces voy a contar lo importante solamente, nada de canciones que hablan de ángeles o de cuentos que, borrosos, sin que se sepa bien de qué trataban, me quedan dando vueltas en forma de sensación, de estado de ánimo, de idea (idea errada, claro) de seguridad.
Voy a contar de la vez que discutimos por una pavada (que sé concretamente cuál era pero para qué, no hace falta nombrarla), pero por primera vez le dije que me dejara en paz. Y se me quedó mirando, descolocado, no porque hubiera rayado la pared (bueno, lo dije, ésa era la pavada) sino por lo que le había dicho. Yo solita había elegido esas palabras, las había arrancando no sé de dónde y las había disparado certeramente sin que nadie me lo dictara. Y en mi casa esas palabras no se oían, ni mucho menos existía la más leve posibilidad de réplica, directa y visceral, a la autoridad de papá.
'Dejame en paz', dije. Yo lo dije, y seguí empuñando el crayón, pensando, quizá, en la chimenea de mi casita, en el hombrecito solo junto a la casa, pensando quién dibujarle al lado. En paz, para pintar, para pensar y seguir pintando.
Después del asombro vino la reacción, la furia, y que me quedé sin crayones, y que la pared volvió a ser blanca: dos brochazos apurados acabaron con todo mi esfuerzo de casa con chimenea y de hombrecito solo que, al final, no le daba la mano a nadie.
Voy a contar de esa vez. Algo interesante tendrá que salir. Seguro lo voy a entretener. Lo voy a mantener bien ocupado.